EL PENSADOR

Saturday, February 18, 2006


Prof.Econ.Carlos V. Silva Gutiérrez ( cvsg2001@mixmail.com o cvsg2001@hotmail.com )
LOS GRADOS DE LIBERTAD
Juan Eugenio Corradi © Copyright Opinión Sur
En síntesis : Los grandes cambios geopolíticos de los últimos años han devuelto a América Latina su propia voz. Este mayor grado de libertad hace que aparezcan, sin embargo, viejos fantasmas y también algunos nuevos experimentos inciertos, cuando no descabellados. Frente a este panorama se abre paso una esperanza, por ahora minoritaria, que es el progresismo con sensatez
-----------------------------------------------------

El espejismo y la realidad
Como señalé en otros artículos, la globalización es un fenómeno contradictorio. Entre sus paradojas conviene indicar la siguiente: cuanto mayor es la interdependencia de pueblos y países, mayor es la diversidad de sus culturas y propuestas políticas. Contrariamente a las primeras impresiones que el fenómeno causó, el mundo no se encauza en un solo sendero, sino se enmaraña en una red de identidades contrapuestas. Más aún, cada una de estas identidades está enraizada en historias locales, nacionales y regionales. Surge así otra paradoja. Cuando los pueblos se acercan por efecto de nutridos intercambios -de información, de comercio, de inversiones, de flujos financieros y de comunicación instantánea- se produce el espejismo del fin de la Historia. Hace unos años muchos creyeron que de ahora en adelante, en cada rincón del planeta, todos los actores seguirían el mismo libreto. No fue así. La globalización destapó viejas identidades sumergidas, conflictos irredentos, disimulos y sumisiones. Habían estado todos cubiertos por el manto simplificador de una arrolladora civilización occidental, en su fase de hegemonía, y aplanados por otra gran simplificación, que fue la Guerra Fría. Finalizada esta última, surgió otro espejismo, el de un mundo unipolar. Tampoco fue así. El mundo se resquebraja en bloques interconectados pero rivales, sin que por el momento, una multipolaridad solidaria se afiance o consolide. Quedan bloques regionales en estado de estructuración parcial y problemática, desde la Unión Europea, que no logra institucionalizarse, hasta el MERCOSUR, que da muestras de una crisis muy seria. Entre el polo hegemónico norteamericano, que no consigue gobernar al mundo y los incipientes bloques regionales, en los intersticios afloran zonas de desorden, naciones a la deriva, experimentos políticos inéditos e inestables y estados en descomposición. ¿Cuál es la posición de América Latina en este complejo panorama internacional?

El reflujo de América Latina
Después de quince años de hacer más o menos buena letra en la escuela neoliberal, eso sí, sin creer del todo en sus lecciones, y con la excepción de Chile, los países latinoamericanos no obtuvieron los laureles prometidos desde Washington. No lograron entrar en el primer mundo, la pobreza creció en proporción y en mayoría (sin hablar de la creciente desigualdad) y para peor, quedaron desamparados por los Estados Unidos, ocupados como están en su lucha contra el terrorismo, y en su intervención en Medio Oriente (donde no se sabe muy bien si actúan como bomberos o incendiarios). La política norteamericana alentó primero la apertura de las economías latinoamericanas al mundo -sin recaudos y sin seguros- y luego las abandonó a la buena de Dios cuando surgieron dificultades El fracaso de una política neoliberal a ultranza primero y el descuido geopolítico después (eso que en inglés se llama taking someone for granted), han dejado al subcontinente austral a la deriva y ansioso de ensayar nuevos caminos. Los Estados Unidos han perdido vertiginosamente legitimidad, eficacia e interés en América Latina. En otras palabras, han perdido tres instrumentos esenciales de control en su viejo “patio trasero.” La situación deja a los países del Sur, no cabe duda, con un mayor grado de libertad. Sin embargo, y por el momento, se trata más de una “libertad de” (la potencia hegemónica) que de una “libertad para” (un desarrollo vigoroso, sostenido, y para todos).
Dice un proverbio chino “Ojalá no te toque vivir tiempos interesantes,” y otro reza “Ten cuidado si se llegan a cumplir tus deseos.” Durante la Guerra Fría, el eslogan de los nacionalistas de izquierda y de derecha en América Latina era liberación o dependencia. Ahora bien, en la era de la globalización los países de nuestro Sur han adquirido una repentina y relativa independencia, alimentada por una revalorización significativa de sus recursos naturales y por el auge de exportaciones diversas. Se han atrevido también a expresar su independencia ideológica y a ejercer una nueva libertad frente a los mitos importados. Las repetidas crisis económicas y políticas que sacudieron el continente bajo la égida neoliberal han dejado como secuela fuertes corrientes de opinión contraria que, en condiciones de resiliencia democrática (léase, menos intentos de golpe y más elecciones), están llevando al poder a gobiernos de corte nacionalista, populista y progresista. Es una situación doblemente proverbial: en tiempos altamente interesantes se cumplen viejos deseos. Lo que nos obliga, si nos guiamos por la sabiduría de los chinos, a una doble cautela. Primero, cautela ante el mundo que nos toca vivir. La nueva y relativa independencia de América Latina ¿no será la expresión de su escasa importancia en el concierto de las naciones? ¿Cumplirá una función más noble que la de ser un mero fragmento de mercado y una fuente de suministro de insumos para los proyectos de otros países y regiones? Segundo, cautela ante una presunta liberación. Como sus monedas, nuestros países muestran en una cara la efigie de la libertad y en la otra el símbolo de su irrelevancia en valor.
Bajo este nuevo régimen de libertad condicional se exhuman los restos de pasiones autóctonas y antiguas. Resurgen tres aspectos y espectros de nuestra propia historia: el populismo, el nacionalismo y el progresismo. Y habrá más. Mirémoslos.

El populismo
El populismo es un mito. Aclaro. Se trata de un discurso que sutura lo que la realidad no logra unir. Esta definición del discurso mítico no la inventé yo. Proviene de Claude Lévi-Strauss. La idea del pueblo, del todos, del nosotros, amalgama en una fantasía igualitaria una realidad social enormemente desigual y dispersa. Como en la granja de Orwell, aquí unos son mucho más iguales que otros. Pero hay más. Si bien es cierto que toda división humana del trabajo es desigual y diferenciada, y por ende necesita, de cuando en cuando, algún ritual que la aúne en una inalcanzable comunión (religare, dice el latín, de donde sale religión), en el caso de América Latina, las sociedades están desarticuladas(Uno de los mejores estudios del tema es de Alain Touraine,”Les Socoétés Dépendantes”, Paris: Ducullot, 1976)Se parecen a una de las enumeraciones caóticas de Borges. Lo que les falta es sistema. Así, por ejemplo, el gran desarrollo de la industria agraria (ya no se puede más hablar del “campo”), en los cultivos transgénicos para exportación, tiene poca articulación con otros sectores de la economía y la sociedad, genera enormes riquezas que se invierten en otras partes del planeta, desplaza a productores independientes y produce poco empleo. El estado percibe ingresos en concepto de regalías, impuestos y retenciones, pero los emprendimientos mantienen su carácter de enclave. Todo esto se traduce en cifras de crecimiento del producto, que quedan bien en los papeles, pero no tan bien en la realidad social. Para hablar en términos de los economistas, hay poco “derrame” (spill over) y pocos eslabonamientos hacia atrás (backward linkages). Podríamos enumerar muchos otros ejemplos, como el sector energético, la minería, las procesadoras de celulosa y tantos más.
Frente a esta realidad desarticulada y con frecuencia enajenada, el discurso populista busca revancha y compensación. Como todo discurso social, se trata de algo más que palabras. Se compone también de gestos, medidas de gobierno, golpes de autoridad y políticas simbólicas, todos referidos a la “soberanía popular.” En suma, el populismo de los gobiernos consiste en recuperaciones simbólicas y en medidas de redistribución. De esta manera, se consigue el apoyo popular que sostiene -en elecciones y referendos de tipo plebiscitario- a regímenes presidencialistas (algunos con fuertes rasgos autoritarios) a expensas de la independencia de otras instituciones, de los sectores productivos y de la sociedad civil.
En su versión más extrema, el populismo tiene los siguientes defectos: debilita a las instituciones republicanas, transforma a la democracia en un circo, le quita independencia a la sociedad civil y distorsiona a la economía(Conviene leer los ensayos criticos de Hugo Chávez en Venezuela, publicados en la revista mexicana “Letras Libres” ,en su edición de julio de 2005, en particular los siguientes : Fernando Rodríguez,”Una Larga marcha”, Alberto Barrera trisca, “Chávez Nuestro que estás en los Cielos”, Elías Pino Iturrieta,”La Revolución de San Simón”, y Moisés Naim, “Un Cuento Venezolano o sobre la Corrupción como prebendas de autócratas y populistas”.Tienen la virtud adicional de estar muy bien escritos.Los conocì por gentileza del sociólogo argentino Juan Carlos Torre) .El populismo se alimenta del facilismo económico, de la bonanza coyuntural y de los recursos abundantes -vive más de la naturaleza que de la sociedad. Depende de una gallina que pone huevos de oro. Cuando la encuentra no la mata, pero la explota y la hace adelgazar.

El nacionalismo
Es primo hermano del populismo. A veces van juntos y otras veces no. En plena globalización es muy disfuncional, lo que no le impide surgir cada vez que hay crisis, desplazamientos de inversiones o personas y desenchufes de economías enteras de las redes financieras o de producción. Cuando hay penuria de ideologías ecuménicas (ya sean laicas o religiosas) el nacionalismo se vuelve una poderosa fuerza de identidad y de adhesión. Tiene un solo defecto, pero éste solo es fatal. Se basa en el rechazo categórico del imperativo categórico, que reza: “Actuarás en forma tal que el principio de tu acción pueda ser elevado a una norma universal.” El nacionalismo consiste en decir, por ejemplo, que Dios es argentino, sin recordar que John Milton ya había dicho que era inglés, y Hegel que era alemán, mientras quien conduce en las autopistas norteamericanas sabe que God blesses America. ¿Acaso la luna de la pampa es mejor que la luna del sertao? ¿Un cabezazo de Maradona que un drible de Pelé? ¿Una papelera en Formosa que otra en Fray Bentos? Sin embargo estas tonterías patrioteras ocupan a los pueblos en condiciones sociológicas determinadas. En términos más mundanos, el nacionalismo fomenta una continua y obstinada intromisión del Estado en los actos de las personas, en nombre de una entidad supraindividual, de la que éste es supuestamente guardián, es decir, en nombre de un egoísmo de grupo.
El nacionalismo económico se basa en simples líneas directoras: subvenciona la industria nacional, favorece la economía mixta, desconfía de la globalización, apoya la integración regional y se distancia de los Estados Unidos, antiguo patrón de la región. Este nacionalismo cubre todo el espectro ideológico, desde la izquierda a la derecha tradicional. El nacionalismo social tiene, por su parte, muchos puntos en común con el populismo, ya que se basa en la redistribución, y trata de financiarla con la nacionalización lisa y llana de recursos naturales o con un fuerte control. Su rival de todo tiempo no es tampoco ni de izquierda ni de derecha: es la posición liberal, libre-cambista y republicana. Vuelve a afirmarse así la vieja antinomia que recorre América Latina desde la independencia: ser liberal o ser nacional.
En las actuales circunstancias de América Latina, de limitada soltura estratégica, y con el atendible propósito de fomentar los mejores rasgos e intereses de los pueblos, pululan nuevamente los nacionalismos, bajo la forma de comunidades imaginarias, naciones “oprimidas,” y supuestas tradiciones -todas bajo el rechazo común del “imperialismo.”
El neo-nacionalismo latinoamericano hoy surge por reacción a los excesos (y la mala aplicación) de recetas neo-liberales. Es un nacionalismo por contraste. Su mayor desafío es llegar a ser moderno y eficiente, en un mundo donde se premian por sobre todo esas virtudes. ¿Podrá evitar el clientelismo, la desinversión, y la inflación en lo interno, y en lo externo, los conflictos de fronteras y el chauvinismo barato? Los excesos de nacionalismo lo revierten a su pecado original: la falsa universalidad. Cuando el nacionalismo se generaliza (paradójicamente, es una corriente internacional) lo único que logra universalizar es la pelea. Y así entra en contradicción.
Lo que florece en esta nueva América Latina más independiente y desenvuelta no es precisamente la solidaridad. Por momentos, parece que se deshace el estancado MERCOSUR. Uruguay se pelea con Argentina por unas papeleras, y los dos pueblos hermanos arriesgan llegar a hacer un gran papelón(Para un análisis del conflicto , véase el trabajo de Juan Rial,”Las plantas de celulosa, de un problema de conservación del medio ambiente a uno político”,febrero de 2006 , comunicación del autor por internet). Bolivia le cobra más que antes a sus vecinos por el gas. Brasil y Argentina no integran sus cadenas productivas, sino multiplican barreras al intercambio comercial. Venezuela se incorpora al club y quedan afuera de muchas decisiones Uruguay y Paraguay, que amenazan a su vez con aliarse más estrechamente a los Estados Unidos. Hasta Chile, que es más mesurado en política exterior, pronto estará enredado en conflictos con Bolivia y con Perú. En esta nueva era nacionalista, y a pesar de las frases altisonantes, la solidaridad latinoamericana es como el Río de la Plata -tan ancho como poco profundo, y muy proclive a desatar olas encrespadas.
Sin embargo el péndulo ha de regresar en otro momento al punto donde partió. No es una esperanza, sino una constatación. Más atrevida fue la sentencia de Borges, que hace muchos años dijo lo siguiente: “El nacionalismo quiere embelesarnos con la visión de un Estado infinitamente molesto; esa utopía, una vez lograda en la tierra, tendría la virtud providencial de hacer que todos anhelaran, y finalmente construyeran, su antítesis”(Jorge Luis Borges,”Nuestro Pobre Individualismo”(1946), Obras Completas, Buenos Aires:Emecé,1974 , pág. 659).

El progresismo
Es más sano -al meno en intenciones- que el populismo y el nacionalismo. En términos generales, busca la inclusión: inclusión de quienes estaban adentro y se quedaron afuera como resultado de la crisis y de los vendavales de la globalización, e inclusión de los que nunca estuvieron incluidos.
Desde un punto de vista sociológico, el progresismo tiene dos vertientes. En países que otrora exhibían una abundante clase media, los gobiernos progresistas buscan impedir que lo que queda de ella siga cayendo en el vacío. Tratan de sacar a la gente de la miseria, dándoles un empleo para que pasen de la miseria a una pobreza digna, y para que más tarde, en un segundo paso, tengan un nuevo ascenso social. En los países andinos, la llegada de gobiernos progresistas al poder tiene un efecto simbólico, que es la incorporación al quehacer colectivo de quienes estuvieron al margen durante cinco siglos. Sin embargo, todo esto se puede lograr de maneras diferentes, de acuerdo con las peculiaridades de cada historia nacional. Están, por un lado, los progresismos nacionalistas y populistas, sobre los que he ya comentado, y por el otro, el progresismo sensato, que muchos asocian con el modelo chileno, que a su vez asimilan a la experiencia de la social-democracia europea. Se trata en este caso de una especie de globalización feliz, con apertura de mercados, seguridad jurídica, continuidad institucional y garantía de inversiones. No cabe duda de que es un caso admirable, con la salvedad de que no es fácil de imitar.
El exitoso modelo económico chileno, basado en la exportación de productos primarios, que ha dado trabajo a muchos, sacándolos de la indigencia y creando oportunidades de movilidad horizontal, produce riqueza pero también una enorme desigualdad. Éste es su desafío. Para quienes quisieran seguirlo, conviene hacer otra salvedad. Es un modelo adecuado a un país chico, con productos que no compiten con los de países más grandes y que no tiene el reto histórico de defender los logros sociales de sus vecinos de dimensión intermedia o igual, como son Argentina y Uruguay. Es por ello que para algunos, Chile se asemeja más a ciertos países del Sudeste de Asia en lo económico, y a los europeos en lo institucional. Tal vez sea ésta una feliz conjunción.
Un progresismo en tales condiciones tiene la oportunidad histórica de mostrar -con su flamante presidenta socialista- que la izquierda, en lugar de estatizar los medios de producción, puede estimular la empresa privada y facilitar el funcionamiento del mercado. Se trata de una izquierda que gobierna con las mejores ideas de la derecha, mientras la derecha acepta -sin conspirar ni sabotear- que desde el gobierno se trabaje para que haya mayor igualdad. A diferencia de otros países de la región, una parte decisiva de la clase dirigente chilena coincide con la izquierda en el diagnóstico de los males que aquejan al país y con muchos de los remedios que los deberían curar. Chile, es cierto, tiene muchos desafíos que afrontar, pero lo hace con recursos que faltan en el resto del continente: sensatez y confiabilidad. No es el capitalismo a secas que lo sostiene, sino el capital humano, cívico y social.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home